Se denomina «moneda mercantil» a aquel medio de intercambio constituido por bienes tangibles y considerados valiosos. A lo largo de la historia ha habido muchos ejemplos de monedas mercantiles, tales como pesos de sal, morocotas, monedas de plata, piedras preciosas o semipreciosas, semillas, etc. También se considera una moneda mercantil aquella que se exprese en forma de billetes de papel o similar y monedas de metales no preciosos, pero cuya emisión está ligada íntimamente a reservas de bienes tangibles, tales como metales y piedras preciosas.

Su contraparte, conocida como «moneda fiduciaria», es un medio de intercambio emitido sobre la base de cálculos, más o menos arbitrarios y especulativos, que intentan medir el tamaño de una economía (los bienes y servicios producidos en una nación).

Cuando la moneda fiduciaria de una nación es utilizada por otros países como divisa de reserva, usualmente debido a que dicha moneda es útil para realizar importaciones y exportaciones, ocurren fenómenos como el del dólar gringo, que es valorado internacionalmente aunque su país emisor sea el más endeudado a nivel planetario, obviando los mencionados cálculos del tamaño y la (mala) salud de la economía gringa.

Por otro lado, cuando la moneda de una nación no es clasificada como divisa de reserva, aún cuando dicha nación disponga de gigantescas acumulaciones de materias primas y otros bienes (como es el caso de Venezuela, que detenta las mayores reservas de hidrocarburos y oro de todo el planeta), ocurren fenómenos como la devaluación frente al narcodólar, inducida por el cambio ilegal en la frontera neogranadina.

La ascensión del petrodólar como moneda de reserva internacional se dio emparejada con la transición mundial de monedas mercantiles a monedas fiduciarias. Una vez completada esa transición (1970s-1980s) la economía mundial quedó a merced de los especuladores con divisas y materias primas, que son utilizadas como armas para el reacomodo de gobiernos a una escala global. Por ejemplo, el último episodio de estas guerras silenciosas (2012-2016) involucró el incremento de la producción petrolera gringa mediante la tecnología llamada fracking para deprimir el precio del hidrocarburo y disminuir considerablemente los ingresos de los países en la mira de su ofensiva desestabilizadora (Venezuela, Irán, Rusia, Catar, Siria, Iraq, Libia, Sudán, entre otros).

Esta depresión del mercado petrolero, cuyas consecuencias apenas estamos comenzando a superar, generó una elevación del precio del oro como efecto secundario, y la devaluación de varias monedas. Ese fenómeno particular, en el cual baja el precio de una materia prima (por ejemplo, el petróleo) y sube el de otra (por ejemplo, el oro), ocurre con frecuencia, pues los especuladores mueven capitales de un mercado al otro para tratar de reducir sus pérdidas. En el caso de un país como Venezuela, que depende de las exportaciones de hidrocarburos, la salida no es tan fácil.

No obstante, con este ejemplo se puede vislumbrar cómo una moneda mercantil basada en una canasta de bienes diversos (oro, gas, petróleo, entre otros) puede soportar exitosamente los ataques especulativos contra dichos bienes así como contra las monedas en que se cotizan.